MISIÓN AL AIRE

LA IGLESIA EN DIÁLOGO

01 | 09 | 2014

Hace 50 años, el Siervo de Dios Pablo VI publicó su primera encíclica “Ecclesiam Suam”. Este documento está estrechamente vinculado al Concilio Vaticano II, que entonces reiniciaba su segunda sesión. Es una reflexión profunda sobre el misterio de la Iglesia y sobre el estilo de una evangelización que debe ser coherente e incisiva. Esta encíclica responde a las expectativas que, ya en el período preparatorio del Concilio, presentaba el Cardenal Montini cuando pedía que éste se concentrara a estudiar la naturaleza de la Iglesia y su misión en el mundo.

 

En sus tres capítulos, la encíclica deja ver toda la preocupación de Pablo VI porque la Iglesia tome conciencia de sí misma, de su origen, de su naturaleza propia, de su específica misión, de su destino final. De esta reflexión, dice, debe surgir una necesidad sentida de renovación y de corrección de los defectos y, al mismo tiempo, una clarificación de los instrumentos que le permitan a la Iglesia establecer relaciones con el mundo que la circunda y en el cual vive y trabaja. Exhorta, en este sentido, a desarrollar la teología del Cuerpo místico que reconoce en la Iglesia al mismo Cristo.

 

Estos temas los retoma el Concilio en la Lumen Gentium que será promulgada a finales de 1964. Junto al tema de la renovación de la Iglesia, el Papa Montini enfatiza el tema del diálogo concebido como el estilo de la Iglesia, como opción para la misión que ella tiene de anunciar el Evangelio. La Iglesia, afirma, aun sin ser del mundo, debe entrar en diálogo con el mundo en el que vive. Y traza, en tres círculos, los campos del diálogo eclesial: con todo lo que sea humano y aun con quien niega a Dios; con todos los creyentes y principalmente con los judíos y musulmanes; con todos los cristianos desde los ortodoxos hasta los protestantes. Para Pablo VI ninguno debe estar o sentirse fuera de la misión de la Iglesia.

Pablo VI supo guiar la Iglesia en el difícil momento del Concilio; con los años se agiganta su figura y suscita admiración y gratitud en todos. Fue el guía prudente y audaz que las bonanzas y tempestades de aquel momento eclesial requerían. Supo combinar renovación con fidelidad. Fue un auténtico pastor buscando a los que estaban lejos sin descuidar a los que estaban cerca. Siguió siempre a Cristo a pesar de las dificultades y las contradicciones que tuvo que afrontar en su pontificado. También en él, Dios fue grande y misericordioso con nosotros, como lo reconocemos ahora al prepararnos para a su próxima beatificación.

El mensaje de Pablo VI sigue vigente. También hoy debemos preguntarnos cómo puede la Iglesia en las circunstancias del mundo actual cumplir su misión, cómo puede realizar en la historia su maternidad espiritual, cómo logra ser casa común donde el hombre de hoy pueda encontrar a Dios como Padre, cómo debe administrar su potencial sacramental que injerta en la vida humana la dinámica de la Pascua, cómo pueden los bautizados asumir el estilo del Verbo encarnado que entra en comunicación con cada hombre y con todo el hombre para que exista en la verdad, cómo debe realizar su presencia atenta y clarividente al servicio no sólo de la humanidad sino de toda la creación.

Estas perspectivas es necesario aplicarlas también a nuestra Arquidiócesis, que, como pide Pablo VI, debe renovarse profundamente y crear el nuevo modelo pastoral del diálogo salvífico para presentar en la región y el tiempo en que vivimos el verdadero rostro de la Iglesia; que debe lograr realizar su misión con autenticidad, eficacia y oportunidad al servicio de la venida del Reino de Dios.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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