MISIÓN AL AIRE

AMOR A LA PATRIA

21 | 07 | 2014

Las fiestas nacionales de estos días, el inicio de una nueva legislatura y el comienzo de un nuevo período presidencial nos invitan a pensar en nuestro país; es decir, a mirarnos a nosotros mismos como miembros de un proyecto común. Los recientes comicios electorales han mostrado que nos falta una más sólida formación sociopolítica, que no contamos con un compromiso de toda la ciudanía a la hora de tomar decisiones, que continúan lamentablemente los vicios electorales, que la política frecuentemente es una empresa al servicio de intereses particulares y no del bien común y que se ha dado una inquietante polarización entre los colombianos.

 

Ante esta realidad, urge que recuperemos o acrecentemos valores esenciales. En primer lugar, el amor a la Patria. No se trata de un nacionalismo o patrioterismo malsanos e inútiles. Cuando nos referimos a la Patria pensamos inmediatamente en el territorio donde hemos nacido o nos hemos formado, en el Estado que determina el gobierno que tenemos, en la estructura política o económica en que vivimos, en ciertos elementos culturales que nos identifican. La Patria es mucho más. Todo eso puede cambiar y, no obstante, la entidad de la Patria se mantiene.

 

La Patria es una comunidad humana que se ha ido configurando en el tiempo, que ha ido haciendo historia, que está vinculada a una realidad física y social, que se ha vuelto una matriz con la que tenemos un profundo sentimiento de pertenencia y a la que consciente y libremente nos unimos por el afecto y la responsabilidad. La patria es un proyecto de vida en común construido con el esfuerzo y hasta con la sangre de muchos ciudadanos; es un patrimonio humano, cultural y social que pertenece a todos; es la realización de unos principios y valores que nos permiten vivir como personas, caminar juntos y proyectar grandes metas hacia el futuro.

 

Colombia, nuestra Patria, es un proyecto en el que se han logrado ya muchas cosas buenas como identificar y apreciar los enormes recursos humanos y físicos que tenemos, superar en buena parte el analfabetismo, mejorar y extender algunos servicios sociales, llegar a ciertos logros en el manejo de la economía, avanzar en una más consciente organización política, construir obras importantes de infraestructura. Pero, infortunadamente, es un proyecto con males tremendos como la inequidad social, la escasez de una verdadera educación, la corrupción administrativa, la debilidad institucional del país y la lacra insufrible de la violencia.

 

El momento que vivimos, apasionante y preocupante, nos llama a los ciudadanos de Colombia a hacernos responsables de su identidad y de su destino. Y todo debe comenzar por despertar ese valor cívico de amar a la Patria, que aprendimos en el hogar y en la escuela. Este amor hay que entenderlo y realizarlo como un servicio efectivo, por parte de cada uno según sus posibilidades, a la comunidad, con el fin de proteger y favorecer el bien común de todos los ciudadanos. Se trata de garantizar a todos el derecho a la vida, a la educación, a la sanidad, al trabajo, a la vivienda, a la libertad de expresión y al libre desarrollo de su personalidad.

 

El verdadero amor a la Patria se demuestra hoy venciendo las inercias perversas, la mentira y el engaño, la comodidad egoísta, la ambición que lleva a ser corruptos, la deshonestidad que explota a los demás, la agresividad y la intolerancia que desatan diversos tipos de violencia. El verdadero amor a la Patria nos exige hoy estar vigilantes y pensantes sobre las propuestas políticas que se presentan, para juzgar con un lúcido discernimiento si en verdad favorecen la libertad y el bienestar de todos. El verdadero amor a la Patria nos pide comprometernos en un trabajo serio por mantener la unidad en torno a los bienes esenciales y no caer en la tragedia de fragmentarnos por intereses personales, efímeros o secundarios.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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