En el mes de marzo concurren los aniversarios del nacimiento, del bautismo, de la ordenación sacerdotal y de la muerte del Venerable Siervo de Dios Jesús Antonio Gómez. Para celebrar los 130 años de su nacimiento y de su bautismo, por iniciativa y loable esfuerzo de varios sacerdotes, se ha colocado la semana pasada, a la entrada de la Curia Arquidiocesana, una escultura en bronce de este sacerdote, seguidor fiel de Cristo, modelo de vida sacerdotal y apóstol siempre decidido y generoso. Consigno aquí algunas de las reflexiones que propuse en esa ocasión.

Era un hombre sin incoherencias, en quien la virtud aparecía como algo fácil y connatural. Sin embargo, al entrar en su interior se intuía el esfuerzo que tuvo que hacer para lograr el equilibrio que lo caracterizó y que producía a la vez una profunda atracción y un delicado respeto. Él se acercaba a todos como un amigo servicial, leal y sincero, como un sabio y prudente consejero, como mensajero de una vida que venía desde Dios. Hay que enfatizar su sencillez, sin cosas extraordinarias o  situaciones que despertaran asombro, sin realizar grandes obras que causaran conmoción.

Aparecía simplemente como un sacerdote que cada día se aplicaba, con generoso empeño, a cumplir lo que consideraba la voluntad de Dios sobre él. Y sin embargo, esa aparente normalidad despertaba inmediatamente la admiración y llevaba a quienes lo trataban a concluir sin esfuerzo: “este es un santo”. Ejercitó todas las virtudes cristianas a través de una vida armoniosa y serena,  que demostraba su entrega total a Dios, centro y gozo de su vida, al que amaba, en cuya providencia confiaba, cuya presencia iluminaba cada uno de sus comportamientos y por quien se desvivía para ser todo para todos.

Su fe en el Dios vivo y verdadero, Padre rico en misericordia, se reflejaba siempre en su actitud tranquila y a la vez fuerte con la que afrontó las dificultades de cada día y los sufrimientos de su última enfermedad y de su muerte. Era claro su amor a la persona de Cristo, que se revelaba en el fervor con que celebraba la Eucaristía, en la devoción a su Corazón y en el seguimiento fiel del que había escogido como maestro con una vida de pobreza, castidad, obediencia y humildad. En su vida sacerdotal actuó en la persona de Cristo Pastor: se santificó santificando a todos los que Dios le confiaba.

Fue luminosa su caridad: amó a Dios y al prójimo. Amó siempre sin  manifestaciones raras y sin mostrar preferencias; amó no solo de palabra, sino con los hechos; amó con el silencio y con la entrega de la vida. Este amor se reveló en su incansable ministerio, siempre deseoso de ayudar a muchos, empeñado en trabajar por la salvación de todos, solícito con los débiles y los pobres, consagrado a glorificar a Dios y extender su Reino. Lo que unificó su personalidad e hizo resplandecer todas sus actuaciones fue el ser sacerdote de Cristo.

El era sacerdote y todas sus palabras y obras fluían de su ser sacerdotal, de su amor a la Iglesia, de su celo apostólico, de la fidelidad a los servicios que su Obispo le confiaba, de la generosidad con la que ofreció su vida un día y otro, hasta el final. Su ministerio se centró en formar a las personas, ilustrando y guiando a través de la enseñanza, orientando las conciencias mediante la dirección espiritual, rescatando del pecado en la incansable actividad del confesonario. Así se ha constituido en un verdadero modelo para los directores espirituales, los formadores de los seminarios, los educadores, los capellanes y acompañantes de comunidades religiosas.

Fue apóstol de los seminaristas, de los sacerdotes, de las personas consagradas, de las familias, de los jóvenes, de los niños, de los pobres. No ahorró ningún esfuerzo para lograr el bien y el progreso espiritual de todos, exhortando siempre, con su testimonio, su palabra y sus escritos, a seguir a Cristo. No podemos sino dar gracias a Dios por este modelo admirable de vida cristiana que Dios nos ha dado, por este gran sacerdote y apóstol que iluminó nuestra Iglesia, por este pastor que nos muestra con gran actualidad la urgencia de asumir y difundir en el mundo una verdadera y profunda espiritualidad.

 

                                                                       + Ricardo Tobón Restrepo

                                                                          Arzobispo de Medellín