Estamos iniciando el mes de mayo, que la piedad cristiana dedica de modo particular a la Santísima Virgen María, la “llena de gracia”. María, signo de consuelo, de serena alegría y de firme esperanza en nuestra vida, aparece en este tiempo marcado por la fuerza de la Pascua como la madre y la primera discípula del Señor Resucitado, que va caminando con nosotros, mientras esperamos el Espíritu Santo. Vemos a María como la mujer humilde, olvidada de sí misma, entregada al proyecto de Dios. 

Toda su vida no fue sino escucha y respuesta a los planes de Dios sobre ella. Estuvo atenta a lo que Dios le pedía para responderle con gran generosidad, así le exigiera cambiar sus propias decisiones y asumir momentos difíciles y dolorosos. La grandeza de María se percibe no sólo en sus privilegios, sino en su camino de fe y en su total docilidad a la voluntad de Dios. Su silencio no era pasividad y ausencia de lucha, sino una firme adhesión aun en la oscuridad que exige la verdadera entrega a Dios. 

María tuvo que despojarse de sí misma, como Jesús. Debió renunciar a la comprensión inmediata de la misión del Hijo para seguirlo en la pobreza de espíritu y en la humildad, como una auténtica discípula. En el Magnificat expresó su entrega confiada y agradecida a la misericordia, a la fidelidad y al poder de Dios que invierte la lógica y los criterios del mundo. Así pudo ser madre en los tres momentos cardinales del misterio cristiano: la encarnación, la pascua y pentecostés. 

La vida de María fue también de amor y ayuda a los hermanos. El Evangelio la presenta al servicio de su prima Isabel, de su esposo y de su Hijo, de unos novios, de los apóstoles. Tiene iniciativa y sabe hacer frente a las dificultades. En las bodas de Caná interviene ante Jesús cuando ve que hay apuros por falta de vino y luego da indicaciones a los sirvientes: “Hagan lo que él les diga”. Ella está en el momento del dolor y de la necesidad, amando, intercediendo, cooperando para que surjan el bien, la verdad y la vida.  

María siempre conduce a Cristo; esta es la prueba de una auténtica devoción mariana. La Virgen no se anuncia a sí misma, no retiene para sí el amor de sus hijos, sino que los orienta hacia Cristo, su Hijo. Ella está para su Hijo en la anunciación, en el silencio de Nazaret, en la vida pública, al pie de la cruz, al comienzo de la Iglesia y ahora cuando participa de su gloria. Cuando María es venerada de verdad, Cristo es mejor conocido, más profundamente amado y más fielmente seguido.  

María percibe lo que somos y se preocupa cuando ve que nos falta lo que es necesario en nuestra vida. Como una buena madre, sabe suplicar por nosotros e incluso acelerar la “hora” de la intervención de Jesús. Cuando malgastamos el vino de la bondad de Dios, y el alma y la sociedad se nos llenan de egoísmo, de odio y de incertidumbre, es necesario acudir a María con nuestros cántaros vacíos y con ella decirle al Señor: no tenemos amor, no tenemos seguridad frente al futuro. Esta es tu hora.  

Ante la realidad que vivimos en el mundo, en la Iglesia y en nuestra patria,  aprovechemos de modo particular este mes de mayo para valernos de la intercesión maternal de María y suplicar con fe a Dios que nos dé la paz y la misericordia que tocan el corazón, que aplaque los odios fratricidas, que ilumine y fortalezca a los que tienen la responsabilidad de sostener la institucionalidad del país, que nos libre de la mentira que asecha a través de diversos medios para manipular a personas frágiles, que no permita que sean la corrupción y el egoísmo quienes programen nuestro futuro. 

Los invito a que el próximo 13 de mayo en todas las parroquias y las familias hagamos la consagración de Colombia al inmaculado corazón de María, que sigamos rezando durante todo este mes el Rosario, plegaria de los sencillos y de los santos. Oremos mucho, porque en este momento decisivo de nuestra historia, debemos tener presente lo que ha dicho recientemente el Papa León XIV: “Ninguna potencia terrena salvará el mundo, sino la potencia divina del amor, esta potencia divina del amor que Jesús, el Señor, nos ha revelado y dado. Creamos en Él, esperemos en Él, sigámoslo a Él” (8.5.26). 

+ Ricardo Tobón Restrepo 

Arzobispo de Medellín 

El Semanario Arquidiocesano – Edición 956 – 11 al 18 de mayo de 2026