Las próximas elecciones nos exigen valorar el sistema democrático de nuestro país y defenderlo con responsabilidad. La democracia es una organización política y una forma de gobierno donde el poder reside en el pueblo, el cual ejerce la autoridad mediante mecanismos de participación ciudadana. Sus pilares esenciales son: el poder emana del pueblo quien escoge a sus gobernantes con elecciones libres y periódicas; todos los ciudadanos, incluidos los gobernantes, están sujetos a la ley y deben respetarla; se goza de derechos y libertades fundamentales para expresarse y para asociarse.
La enseñanza de la Iglesia establece que la autoridad política es necesaria en razón de las tareas que se le asignan y debe ser un componente de la convivencia civil (CEC 1897). La autoridad política debe garantizar la vida ordenada y recta de la comunidad, sin suplantar la libre actividad de las personas, sino orientándola hacia el bien común y siempre dentro del orden moral (GS 74). El sujeto de la autoridad política es el pueblo quien la transfiere a aquellos que elige libremente como sus representantes, pero mantiene la facultad de controlar a los gobernantes y aun de sustituirlos (CDSI 395).
Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho sobre la base de una recta concepción de la persona humana y el debido desarrollo de la sociedad mediante la educación, la creación de estructuras de participación y corresponsabilidad (CA, 83). La democracia es un instrumento, no un fin; su carácter depende de su conformidad con la ley moral a la que, como cualquier otro comportamiento humano debe someterse. El poder debe estar equilibrado por otras esferas de competencia; en el Estado de derecho, es soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los ciudadanos (CA, 44).
El poder absoluto corrompe y crea diversos tipos de injusticia. Como se dice, el poder absoluto corrompe absolutamente. Por eso, en las democracias se restringe y reglamente el poder mediante el reconocimiento de los derechos fundamentales; se da la separación de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial; se establece la temporalidad de los mandatos y los mecanismos de subsidiariedad. Especialmente, a través de una Constitución, que no puede manipularse a capricho, se establece la forma como se comparte el poder político según los acuerdos hechos entre los ciudadanos.
La democracia es frágil y por eso la afecta gravemente la destrucción de la verdad que impide un diálogo razonable, la corrupción en todas sus formas, la propagación del relativismo en el que los hechos dependen de las opiniones, la pérdida del sentido de comunidad que desfigura la realidad de la nación, la confusión sobre la razón de ser y la misión del Estado unida a la pérdida de la conciencia moral, la estrategia deliberada de colonizar las instituciones para fines individuales, la falta de formación política por parte de los ciudadanos. Todo esto reduce el ejercicio del poder por parte del pueblo.
Cuando se presenta una crisis en la democracia, se deterioran las instituciones, se vulnera la ley que garantiza el correcto funcionamiento del sistema político, surgen las opciones autoritarias y la actuación de gobernantes que no garantizan un Estado de derecho, se impone el poder por el ejercicio del populismo, los partidos y los organismos oficiales no atienden eficazmente las necesidades de la población, se polarizan los grupos, crece la desconfianza y la frustración política por parte de la ciudadanía frente a las deficiencias en el servicio de gobierno y el crecimiento de los problemas.
Las deficiencias en la institucionalidad democrática dan oportunidad a que el crimen organizado penetre en la sociedad; con frecuencia, el estado se vuelve incapaz de procesar los conflictos, que quedan fuera de control y dan lugar al desorden, la ilegalidad y la violencia. Esto a su vez afecta la práctica electoral, pues no pocas veces los votantes no son libres para elegir ya que los candidatos pueden tener patrocinadores criminales. Pero la democracia, a pesar de sus crisis, tiene siempre la capacidad de regenerarse. No nacemos demócratas, nos hacemos demócratas. De ahí la importancia de la educación ciudadana y de asumir cada día nuestro compromiso político.
La política no exime a ningún ciudadano; cada uno con su voto dice qué país quiere y a quiénes nombra para que lo representen. Tenemos derechos, pero también deberes; los derechos y los deberes son dos caras de una misma moneda. Este momento es decisivo y nos exige el deber de votar. Debemos votar todos; no podemos dejarnos engañar por estrategias populistas; no podemos permitir la manipulación y el fraude en las elecciones. Encomendemos nuestra Patria a Dios y defendamos la democracia aportando nuestro voto consciente, libre y responsable.
+ Ricardo Tobón Restrepo
Arzobispo de Medellín
El Semanario Arquidiocesano – Edición 958 – 25 al 31 de mayo de 2026