Con espíritu de fraternidad y comunión, el pasado 22 de julio, más de 120 sacerdotes del presbiterio de Medellín, junto al arzobispo de Medellín, monseñor Ricardo Tobón Restrepo, y el obispo auxiliar, monseñor Mauricio Vélez García, peregrinaron al municipio de Angostura con motivo del primer centenario de la muerte del Beato Mariano de Jesús Eusse Hoyos. La Basílica Nuestra Señora de Chiquinquirá, donde reposa su cuerpo, acogió a los peregrinos para la celebración de la Eucaristía, presidida por el arzobispo, en un ambiente de oración y renovación sacerdotal.
Durante su homilía, monseñor Ricardo invitó a contemplar el testimonio de santa María Magdalena, quien, después de encontrarse con Cristo, «no tuvo otra cosa que hacer sino seguir a Jesús». Recordó que ella peregrinó hasta el sepulcro buscando a su Señor, lo encontró resucitado y recibió la misión de anunciar esa Buena Nueva. A partir de este pasaje, exhortó a los sacerdotes a reconocer que, como discípulos, «no tenemos otra cosa que hacer que seguir a Cristo y anunciar su resurrección», mostrando en medio del egoísmo, el odio y la violencia que en Jesús es posible la vida plena.
Refiriéndose al sentido de la peregrinación, el arzobispo afirmó que los sacerdotes de Medellín son «caminantes, recorriendo un itinerario único e irrepetible en búsqueda de lo definitivo y lo eterno», y explicó que acudir al Padre Marianito significa «reencontrarnos con el sacerdocio, con el ministerio, reencontrarnos con la voluntad de Dios sobre nosotros». Destacó que el beato fue un sacerdote diocesano santo que, durante 45 años, vivió el misterio del sacerdocio desde la sencillez, la humildad y la obediencia, teniendo como secreto de su vida la caridad pastoral.
Profundizando en este aspecto, monseñor Ricardo recordó que la caridad pastoral «es un don del Espíritu, es el carisma propio del clero diocesano», que permite entregarse cada día por el bien del pueblo de Dios, sin desanimarse ni cansarse. Añadió que esta caridad impulsa a imitar la compasión del Buen Pastor, con un amor que busca a todos y tiene un cuidado especial por los más pequeños, los más necesitados y los más pobres. Asimismo, invitó a los sacerdotes a redescubrir su vocación, su ministerio y la confianza que Dios ha depositado en ellos al poner en sus manos a sus hijos para acompañarlos en el camino de la fe.
El arzobispo también recordó que la misión sacerdotal nunca debe entenderse como una carga, sino como un honor y una auténtica posibilidad de felicidad, pues «la realización de la persona humana llega dándose a los demás». En este contexto, afirmó que la santidad no es una meta reservada para unos pocos, sino «la propuesta normal para todo ser humano que quiera ser realmente humano», el camino para conquistar la verdadera libertad, vivir plenamente en Dios y alcanzar la plenitud. Con una frase de profunda fuerza espiritual concluyó esta reflexión: «La única tristeza en la vida es no ser santo».
Al finalizar la homilía, monseñor Ricardo elevó una oración al Padre Marianito para pedir por todos los sacerdotes: que comprendan «la maravilla del sacerdocio», perseveren con fortaleza sin desilusionarse ni desistir y reciban el don de la caridad pastoral y de la fraternidad, para responder cada día a la pregunta de Jesús: «¿Me amas?», con la única respuesta posible: dar la vida. La jornada concluyó con un almuerzo fraterno, fortaleciendo los lazos de comunión entre los miembros del presbiterio arquidiocesano.
