Después de un período de incertidumbre y de un difícil proceso electoral, ha comenzado en el país un nuevo gobierno. Como es natural, hay expectativas y temores. Durante este tiempo, hemos orado mucho poniendo todo en las manos de Dios y suplicando su ayuda en esta hora para acertar en lo que debemos hacer. Estamos seguros que, aunque no siempre comprendamos los caminos que recorremos, en buena parte marcados por nuestra libertad, la providencia divina siempre nos asiste.
Un país requiere la sabiduría, el liderazgo, el competente ejercicio administrativo de sus gobernantes y de muchos otros expertos pero, en último término, sólo marcha si se dan la responsabilidad y la cooperación de todos los ciudadanos, que tienen que situarse más allá de los intereses individuales para dar lugar a un estado de cosas que produzca sólo el bien común. Es preciso superar la “egocracia” o dictadura del yo, donde cada uno quiere imponerse sobre los demás. Y esto requiere un verdadero milagro.
El milagro de la unidad. Un país no resiste la polarización en la que los diversos sectores o grupos de la población se enfrentan irreconciliablemente por visiones de la realidad o por intereses particulares. Sin un plan común y una voluntad general de realizarlo se vivirá en eterna guerra. La unidad no es uniformidad. La diversidad de opiniones y estrategias, siempre que confluya al bien de todos, no disuelve la unidad sino que la enriquece. También los distintos liderazgos, si logran superar el narcisismo, aportan al proyecto común.
El milagro de la verdad. Lo primero que se pierde en las guerras, en ciertos proyectos informativos y en las dictaduras, es la verdad. Algunas ideologías han llegado a crear el concepto “posverdad”, con el fin de poder distorsionar la realidad según emociones y creencias personales en orden a manipular la opinión y el comportamiento social. La verdad es un valor fundamental y una base indispensable para construir un proyecto común y una convivencia justa. Es un gran logro vivir en la verdad que nos hace libres.
El milagro de la honestidad. Pareciera que la corrupción formara ya parte de la vida normal de la sociedad. No se da sólo en la administración de dinero, sino también en el manejo de las ideas, de la información, de los proyectos políticos y de las propuestas sociales. Empieza en la corrupción de la conciencia; mientras ésta mantiene su luz hay posibilidad de actitudes honestas, pero cuando se deteriora hasta no distinguir el bien del mal e incluso hasta hacer que el corrupto se crea un vencedor, la justicia desaparece.
El milagro de la equidad social. La injusticia social causa pobreza, obstaculiza el desarrollo, destruye las instituciones, favorece la delincuencia organizada, crea inconformidad y, sobre todo, maltrata la dignidad humana. Las sociedades inequitativas están contra sus ciudadanos. No es cuestión de legislar más; en un ambiente inhumano las solas leyes no funcionan. Se requiere generar conciencia de justicia, de solidaridad y de responsabilidad frente a cada persona y, especialmente, a los más desfavorecidos.
El milagro del compromiso nacional. La participación de todos es necesaria para tener un país en libertad, en orden y en creciente desarrollo. La sociedad civil, el sector privado y el gobierno deben establecer un pacto por la responsabilidad, la integridad y la eficiencia, deben llegar a un gran proyecto a largo plazo que supere los gobiernos de turno y establezca lo que todos necesitamos y debemos hacer. Esto requiere, además, una educación ciudadana que nos sitúe en los valores, los comportamientos y las acciones que todos debemos asumir.
El milagro de la esperanza. El ser humano no puede vivir sin esperanza. Donde no hay esperanza hay dispersión de fuerzas, cansancio, desasosiego, vacío. La esperanza no es una evasión, ni una idea etérea, ni un deseo pasivo de un futuro utópico. La esperanza es tener razones y horizontes concretos por los que vale la pena vivir y con los que nos comprometemos seriamente. La esperanza que no defrauda brota, en último término, de situarnos en el proyecto salvífico de Dios. Sólo esta esperanza nos purifica, nos une y nos lanza hacia el porvenir venciendo el egoísmo, la codicia, la mentira y el odio. Esta esperanza debe llegar a ser un movimiento colectivo.
+ Ricardo Tobón Restrepo
Arzobispo de Medellín
El Semanario Arquidiocesano – Edición 969 – 10 de agosto de 2026