A raíz de ciertas prácticas que se van propagando actualmente y de las preguntas de muchas personas, he venido tratando el fenómeno de la superstición y la magia que, comienza con la adivinación, se presenta luego en diversas formas y llega hasta el satanismo. En la medida en que no se acoge la luz de Cristo que esclarece la realidad de Dios y del ser humano, el mundo, a pesar del desarrollo de la ciencia y de la tecnología, víctima de la ignorancia y la desesperación, puede caer en manos de fuerzas oscuras, como son el espiritismo y el satanismo. 

El satanismo es la invocación de las fuerzas del mal propiciando el culto a Satanás y a los demonios, mediante ritos a través de los cuales los adeptos a esta práctica ponen su vida bajo el dominio del maligno y renuncian al menos implícitamente a la fe en Dios y a la vinculación a la Iglesia. El Catecismo enseña que el diablo no es una abstracción o un símbolo, sino un ser espiritual real que se opone a Dios y a su proyecto de salvación. Es el padre de la mentira por cuya causa han entrado el pecado y la muerte en el mundo (Cf Jn 8,44: Ap 12,9; CEC 2851-2852). 

Hoy se está promoviendo en diversos países el “avivamiento satánico”, el “renacimiento satánico”, el “ministerio satánico”, el “orgullo infernal”, el “estudio de la religión satánica”. Son programas que se presentan como “generación de energía para alcanzar metas futuras” y en los que con frecuencia se exige a los asistentes que “entreguen sus almas a Satanás”. Por lo mismo, blasfeman, dicen herejías y con ritos, sonidos y ritmos alterados provocan reacciones insólitas. Se visten con ropas extrañas y llevan signos repulsivos para provocar frenetismo con verdaderos ataques de agitación y rabia.  

En el fondo, les importa combatir los esquemas establecidos, escandalizar, demoler y atacar a la Iglesia. En los encuentros satánicos no faltan los casos de las llamadas “misas negras”, que terminan en verdaderas orgías con profanación de hostias consagradas, robadas a través de diversos medios de nuestros templos. Además, todo el aparato ritual mágico conlleva un amplio uso de objetos del culto católico: vestiduras litúrgicas, cruces, lámparas, incienso, agua bendita, sal. Esta confusión produce más desorientación en personas menos dotadas de capacidad crítica. 

El jefe de la secta realiza magia para demostrar poder y someter a los que participan. El maestro es quien tiene especiales contactos con Lucifer, como amo del universo. Desde aquí se influye en la conciencia y en la voluntad de las personas. Una vez que se ha desquiciado la conciencia es normal que se practiquen ritos aberrantes y abusos de carácter sexual, con consecuencias preocupantes, a nivel moral o psicológico, para las personas involucradas. Lo que importa, finalmente, es situarse en contra de las normas y los valores de la sociedad y del cristianismo. 

El demonio es visto no como el espíritu del mal bajo el control de Dios, sino como un dios autónomo, omnipresente, omnipotente y obviamente malo. No como una fuerza para combatir, sino como un fuerte aliado que estará de la propia parte y al que hay que adorar. El satanismo llega a convencer a la gente, especialmente a los jóvenes, que lo malo es bueno y que quien tiene más poder en el mundo es el demonio. Es la invitación a aceptar la tentación diabólica que asaltó al mismo Jesús: “Te daré todo este poder… si te postras”. Y Jesús respondió: “Solo al Señor tu Dios adorarás” (Lc 4,6-9). 

El recurso a Satanás puede tener diversas raíces. Para algunos historiadores proviene de un fondo cultural pagano todavía no evangelizado. De otra parte, hay ideologías cientistas y materialistas que buscan aniquilar la fe porque la consideran incompatible con el derecho del hombre a construir su futuro por sí mismo. Se da también una huida hacia lo irracional favorecida por el contacto con el esoterismo. Se quiere mendigar en la magia y en el poder del mal la respuesta a grandes interrogantes, al resentimiento social, al sufrimiento o a la inseguridad frente al futuro. De todas formas, el satanismo denota siempre una grave deficiencia en la conciencia y en la práctica de la fe cristiana. 

+ Ricardo Tobón Restrepo 

                      Arzobispo de Medellín 

El Semana Arquidiocesano – Edición 973 – 7 de septiembre del 2026