Vamos avanzando en la preparación del próximo Mes Misionero, que nos invita a renovar la vida cristiana, a mantenernos en el compromiso de anunciar el Evangelio y a evaluar y proyectar la acción pastoral en las parroquias y en toda la Arquidiócesis. Cada año, seleccionamos un énfasis que nos permita, desde un horizonte concreto, aplicar nuestro propósito de revitalizar la “misión permanente” en que estamos. Esta vez, queremos mirarnos y proyectarnos desde la plegaria de Jesús: “Padre, que todos sean uno” (Jn 17,21). 

Este deseo y súplica del Señor no siempre ha sido fácil de realizar. Conocemos las dificultades en la comunidad de Los Doce. San Pablo tuvo que luchar mucho para mantener la unidad en las iglesias que fundaba. Sobre todo en Corinto surgían cismas y divisiones, había discusiones acerca de los carismas, se definían según los predicadores. Entonces, el apóstol pregunta: “¿Acaso está dividido Cristo?”. Luego, deja claro que si rompemos la unidad dividimos el Cuerpo de Cristo (cf 1 Cor,1,10-15).  

Nuestra unidad parte del Bautismo que hemos recibido y nos ha hecho hijos del Padre en su Hijo por la acción del Espíritu Santo. Este misterio de unidad, que tiene su origen y modelo en la Santísima Trinidad, lo vivimos de modo particular en la Eucaristía cuando formamos con el Señor un solo Cuerpo. En la Iglesia, participando de la función profética, sacerdotal y pastoral de Cristo, también todos estamos llamados a la misma santidad y comprometidos en la misma misión (cf LG, 3-5).  

San Juan Pablo II nos introdujo en el tercer milenio señalando que la comunión eclesial es el gran desafío que tenemos si queremos ser fieles al designio de Dios y responder a las profundas esperanzas del mundo. E indicaba que antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar y donde se construyen las familias (NMI, 43). 

En la Iglesia la unidad se da conjugando armoniosamente la pluralidad y la diversidad. En efecto, gracias a la acción del Espíritu, el Cuerpo de Cristo se edifica según los dones, carismas y ministerios que se reciben para hacer realidad el Reino de Dios. El Espíritu Santo, como alma de la Iglesia, sostiene la diversidad y crea la unidad a partir de la predicación de la Palabra, la celebración de los Sacramentos, la práctica de la caridad, el ejercicio de los servicios y los carismas. 

La comunidad diocesana y parroquial es el lugar propio donde se vive y expresa la comunión eclesial. La comunidad se ubica entre el individualismo y la multitud. En la comunidad cada individuo es acogido como persona en relación con los demás, porque la persona se desvirtúa cuando se la separa de la comunidad. La Iglesia es comunidad de salvación y es católico quien hace comunidad. De ahí la necesidad de crear un ambiente y una fraternidad que hagan sentir la realidad de la comunidad. 

Vivir la Iglesia como comunión orgánica en la complementariedad y mutua fecundidad de los dones del Espíritu, introduce una constructiva colaboración entre los clérigos, los fieles laicos y los religiosos. Las asociaciones y movimientos deben respetar la índole secular de los laicos y no perjudicar su necesaria y original pertenencia a la Diócesis y a la parroquia. No es un válido acompañamiento espiritual a los laicos aquel que los desliga de la comunión diocesana o menoscaba su índole secular. 

El Espíritu Santo, como el alma en el cuerpo, es quien suscita y consolida la unidad mediante el vínculo de la caridad que se debe traducir en cosas muy concretas como estas: 1) mantener el respeto sincero y la acogida fraterna entre todos; 2) crear una complementariedad y fecundidad espiritual y pastoral por la constructiva colaboración entre clérigos, fieles laicos y religiosos; 3) integrarse responsablemente a la organización eclesial y administrativa de la arquidiócesis y de las parroquias; 4) asumir con seriedad el Plan arquidiocesano de Pastoral; 5) valorar y aprovechar los diversos Consejos que promueven la comunión y la participación; 6) participar en los encuentros programados para clérigos y laicos en orden a la formación espiritual y apostólica; 7) vivir la Eucaristía dominical y los grandes acontecimientos personales en la propia comunidad parroquial. 

+ Ricardo Tobón Restrepo 

                     Arzobispo de Medellín