No solo en la reciente visita del Papa a Francia se han visto imágenes con grandes grupos de jóvenes que se acercan a la Iglesia; también en varias parroquias de Europa y de América Latina aumenta el número de jóvenes que piden el Bautismo o quieren completar su iniciación cristiana; según un reporte reciente los jóvenes adultos en Estados Unidos están asistiendo a la eucaristía dominical con más frecuencia que sus padres y abuelos; igualmente, entre nosotros, vemos con alegría que crece el número de grupos juveniles. 

En el famoso 1968, dentro del existente ambiente de cristiandad, podría ser expresión de contestación para los jóvenes alejarse de la Iglesia y hoy, en un mundo secularizado, la contestación podría manifestarse en un acercamiento al cristianismo. Muchas veces las revoluciones comienzan con una indignación perfectamente razonable y terminan con una solución completamente insensata. Por eso, este retorno de muchos jóvenes a la Iglesia no equivale automáticamente a que empiecen a ser auténticos discípulos de Jesús. 

Pero aunque no estemos en una nueva etapa de una sociedad cristiana, se puede ver hoy en muchos la necesidad de ir a la verdad, de luchar contra el mal, de encontrar realidades que den un significado trascendente a la vida, de abrirse a la posibilidad de una renovación personal. Especialmente, muchos jóvenes cansados del ruido, saturados de pantallas, heridos por la confusión, perdidos en una “identidad líquida”, hambrientos de alegría, deseosos de algo por lo que valga la pena vivir, ponen los ojos en la Iglesia.  

La Iglesia aunque sigue padeciendo la persecución en diversas formas, aunque no se ha liberado del fenómeno cultural de la secularización y continúa arrastrando heridas graves, particularmente las provocadas por los abusos sexuales, sigue teniendo en todo tiempo una propuesta de vida nueva y un camino espiritual siempre válido. Ella sabe mostrar la magnífica dignidad del ser humano y cómo Dios ha entrado en nuestra historia y nos ofrece el mejor plan para realizarnos cabalmente.   

Por eso, el cristianismo sigue presente y la gente sigue llamando a las puertas de la Iglesia. Como decía Chesterton, la Iglesia es un testigo vivo y sabe cómo “resucitar”, regresando de nuevo a la vida. Experta en humanidad, como la definió Pablo VI, la Iglesia ha sobrevivido a la caída de Roma, a las herejías medievales, al renacimiento pagano, a la ilustración y al materialismo del siglo XIX. Cuando muchos quieren celebrar su funeral, renace y tiene recursos para rejuvenecer el mundo. 

Esto no puede suscitar un triunfalismo, sino una conciencia lúcida de que estamos llamados a acompañar un momento en el que, después de grandes avances tecnológicas, se requiere un cambio que dote a la humanidad de recursos morales y espirituales; que estamos llamados particularmente a acoger las nuevas generaciones que buscan la Iglesia con preguntas, convicciones y esperanzas nuevas. Es maravilloso ver que debemos afinar nuestro compromiso misionero para acompañar un mundo que evoluciona y pide luz. 

Ahora cuando nos disponemos a realizar la Jornada Arquidiocesana de la Juventud, es preciso pensar que los jóvenes buscan la Iglesia no porque les ofrezca algo fácil y cómodo, sino porque les puede mostrar un proyecto de vida, un camino de libertad, la verdad profunda que necesita el alma; les puede dar a Cristo el paradigma definitivo de la persona humana. Buscan la Iglesia porque, en el fondo, Dios los está llamando con una voz suave pero siempre capaz de transformar la existencia.  

Contemplar esta realidad no es para emocionarnos sino para hacernos responsables y preguntarnos: ¿los jóvenes que llegan encuentran un hogar que los acoge, unos agentes de pastoral que los saben acompañar sin rigorismos ni facilismos, un amor que los comprende y los guía? ¿Recibimos los jóvenes como personas heridas, sedientas, valientes, que buscan una Iglesia que no les rebaje el Evangelio? Debemos entender, entonces, que sólo con actividades y eventos no damos lo que los jóvenes necesitan 

Hoy la pastoral de todas las parroquias debería estar en capacidad y disponibilidad de acoger a los niños y a los jóvenes. Esto pide no simples acciones aisladas y pasajeras sino que cada parroquia sea una comunidad viva, una madre, un taller de santos, un hogar donde los jóvenes encuentren la Palabra del Señor, la belleza de la liturgia, el abrazo de la fraternidad, el fuego del celo apostólico; donde encuentren a Cristo vivo, que transforma sus vidas y los hace discípulos suyos e hijos de Dios.   

+ Ricardo Tobón Restrepo 

                      Arzobispo de Medellín

El Semanario Arquidiocesano, Edición 977 del 5 al 12 de octubre de 2026