El falso misticismo es una utilización errónea de la espiritualidad cristiana para presentar como proveniente de Dios lo que es fruto de la imaginación, la comprensión equivocada de algunas verdades de la fe, el sentimiento desbordado, ciertas técnicas sicológicas o la propia autosuficiencia. Es evidentemente contrario a la verdadera vida espiritual que, de acuerdo con la revelación cristiana, conduce a una unión filial con Dios dentro de una existencia transformada por el amor. 

El falso misticismo asume la imaginación como revelación, descarta lo que establecen la razón y la vida moral, confunde la sensibilidad con la contemplación, sustituye a Dios por la propia experiencia interior. En la auténtica vida espiritual la gracia no lleva a que la persona pierda su identidad ni borra la diferencia con la esencia divina. La humanidad de Cristo no es un obstáculo para llegar a Dios, sino precisamente el camino verdadero para alcanzar la unión con él. 

El falso misticismo frecuentemente nace de un cierto orgullo espiritual, ya que la persona atribuye un valor absoluto a sus impresiones, puede llegar a considerar que lo que piensa es superior a lo que la Iglesia enseña, desprecia a quienes no comparten sus experiencias y manifiesta un deseo de ser reconocida ella misma. Una persona puede recibir inspiraciones o gracias particulares, sin que tengan que ser el criterio para los demás. No se puede eliminar el discernimiento y volver norma una experiencia subjetiva. 

La Iglesia evita dos extremos: de una parte, negar de antemano que Dios pueda actuar e intervenir de un modo especial; y, de otra, aceptar sin ponderación toda experiencia extraordinaria. Dios puede conceder gracias particulares, pero no se busca a Dios para experimentar fenómenos asombrosos, sino para situarnos, en la fe y en el amor, dentro de su proyecto de salvación. La ausencia de hechos portentosos no significa la ausencia de Dios, como tampoco ciertos fenómenos demuestra necesariamente su presencia. 

El falso misticismo, en ocasiones, usa de manera indebida argumentos teológicos, morales y espirituales para manipular a las personas; hace referencia a supuestas experiencias místicas, apariciones, mensajes, profecías y fenómenos sobrenaturales, que distorsionan la fe, para utilizar la relación con Dios y justificar abusos de poder o de conciencia; ejerce dominio y llega a abusos sexuales o explotación económica; crea esquemas de control y maniobra que hacen víctimas especialmente en las personas vulnerables. 

Duele que sea en la misma interioridad de la persona, allí donde se encuentra con Dios, donde se busque crear perversión y abusos. La maldad no tiene límites cuando quiere engañar y utilizar a otro. Esto se puede dar bajo el acompañamiento espiritual aprovechando las necesidades de las personas y también en grupos cuyos líderes se sirven de la ansiedad y la sed de espiritualidad de los adeptos, para entrometerse en su conciencia y coartar su libertad.  

El falso misticismo fascina por lo maravilloso, por la forma de vida que propone, por la fuerza de persuasión que tiene, por los recursos que maneja para ofrecer seguridad, por los elementos artísticos, sensibles o novedosos que utiliza. El abusador comienza por someter y anular cualquier capacidad crítica hasta hacer ver lo perverso como una gracia reservada para pocos. Luego, crea una relación autorreferencial e impone sus decisiones dejando a la otra persona sin determinación libre. 

Estas prácticas van contra Dios y su modo de proceder. Dios no entra en el mundo para imponerse por el poder. El poder de Dios consiste en compartir con nosotros el amor y el sufrimiento, de modo que en las horas más sombrías lo sentimos más cerca. Igualmente debemos salvaguardar la dignidad de la persona en su relación con Dios; la libertad, autonomía y responsabilidad de cada ser humano son decisivas en su vida; ninguna propuesta espiritual puede suplantar la respuesta personal.  

Toda alternativa espiritual, mística, moral o doctrinal que pretenda alterar la imagen de Dios inscrita en la persona humana, toda divergencia doctrinal con el Evangelio que vaya contra la libertad de los hijos de Dios, toda propuesta de realización espiritual que aparte de la comunidad eclesial, debe ser abiertamente rechazada. Una experiencia espiritual autentica siempre conduce a Cristo, respeta la verdad de la fe, une a la Iglesia, produce humildad y caridad. 

Es necesario que nuestra acción pastoral se empeñe más en la formación de las personas, para que con madurez sepan descubrir el engaño, no se dejen llevar por la credulidad, mantengan la libertad frente a propuestas llamativas pero no siempre válidas, protejan su espacio interior donde deben encontrarse realmente con Diosa, procedan siempre con buen criterio para que, como enseña San Pablo, después de analizarlo todo se queden sólo con lo bueno.

+ Ricardo Tobón Restrepo 

                      Arzobispo de Medellín

 

El Semanario Arquidiocesano – Ed. 978 – Del 13 al 18 de octubre de 2026