Como lo hacemos cada año, dedicaremos la próxima semana a considerar la apremiante tarea que tenemos de construir juntos la paz. La “Semana por la Paz” es una invitación a realizar un ejercicio, que debe extenderse a lo largo de todo el año: aprender a vivir y a promover una convivencia pacífica y fraterna entre todos. La paz es una aspiración permanente de todo ser humano; sin embargo, la humanidad lleva en su memoria y en su carne los signos y la tragedia de tanta violencia y de tantos conflictos.
En realidad, no hemos podido aprender a administrar nuestra libertad, como se comprueba en tantas situaciones de nuestra sociedad. La violencia comienza por el deseo de posesión, por la voluntad de dominio sobre los demás, por la intolerancia frente a la diversidad del otro. El egoísmo, la codicia y la soberbia, que quieren hacer prevalecer los propios intereses y proyectos, nos enfrentan hasta excluirnos y destruirnos mutuamente; así se pervierten las relaciones y se conculcan los derechos.
Con frecuencia, se ofrece un bien tan grande como la paz por un medio parcial y simplista como son los acuerdos con los grupos alzados en armas manejados política y secretamente. Se comete la equivocación de querer mantener la estabilidad y la paz por el miedo y la desconfianza. Esto no hace más que mutar la violencia y aumentar la desesperanza. Lo importante no es firmar la paz, sino reconciliar la sociedad. La verdadera paz implica desarmar los espíritus y potenciar la bondad que hermana y nos anima en propósitos comunes.
Hay que saber que la paz es algo muy distinto al pacifismo, tampoco es una tregua sostenida por la fuerza de las armas. La paz sólo llega buscando la verdad más allá de las ideologías y las posiciones diferentes y edificando la reconciliación sobre metas que sean válidas para todos. Para que tengan lugar los cambios profundos de la sociedad que deseamos, no son suficientes iniciativas e intervenciones externas; se requiere ante todo una conversión conjunta de los corazones a la verdad y al amor.
No se llega a la paz si no se piensa como un componente del bien común, de manera que todos puedan participar de un creciente desarrollo. La paz política no se sostiene si no se avanza en la paz social que es el antídoto contra la pobreza y la inequidad para lograr el principio cristiano de la participación universal de los bienes. Mientras no se asuma en serio la dignidad de cada persona humana todo orden social será frágil. Esa dignidad es la que marca el sentido de la verdad, la libertad, la justicia y la solidaridad.
La paz es posible dentro de un compromiso ético acogido por todos, que lleve a asumir principios, valores, hábitos, en los que encuentran realización los diversos aspectos de la vida humana. Cuando los derechos y deberes son vistos sólo desde la legalidad y no desde la moral, la cual contribuye a humanizar, se convierten en proposiciones frágiles, separadas de la dimensión humana, que es su fundamento y su fin. Es esta formación ética la que permite erradicar la impunidad y la corrupción, que socavan el desarrollo social.
La paz exige también recorrer el camino de la reconciliación. Por las heridas causadas o por la polarización en diversas orillas a veces este tema despierta resistencia. Es preciso, entonces, entender la reconciliación no como un olvido de la historia haciendo de cuenta que nada ha pasado, sino deponer la forma de relación destructiva y sin salida que llevan las partes que viven situaciones de confrontación, para asumir una forma constructiva de reparar el pasado, edificando el presente y preparando el futuro.
Como cristianos y como Iglesia nos corresponde continuar colaborando en la búsqueda de soluciones a los numerosos problemas sociales de hoy. Debemos ser, en medio de enfrentamientos y polarizaciones, un testimonio de comunión fraterna que se vuelva luminoso y atractivo. El olvido de Dios en algunos sectores de la sociedad nos desafía a mostrar un camino espiritual que dé dimensión trascendente a la vida y fortaleza para asumir un comportamiento moral acorde con la dignidad del hombre y con la esperanza que esclarece nuestro futuro.
+ Ricardo Tobón Restrepo
Arzobispo de Medellín
El Semanario Arquidiocesano – Edición 972 – 31 de agosto al 6 de septiembre de 2026