En anteriores ocasiones me he referido a la superstición, la magia y el espiritismo. Me parece importante reflexionar ahora sobre el fenómeno de la brujería, ya que hoy tantas personas acuden a ella en momentos de necesidad existencial o movidos por la comercialización que se hace a través de redes sociales, porque se quiere tener razón del misterio que envuelve la vida, se busca poder liberarse del dolor o del mal, se pretende dominar personas, situaciones y aun el futuro. Dada la diversidad de prácticas, no siempre es fácil establecer una diferencia entre magia y brujería.

En ambas se pretende producir efectos superiores a las capacidades de la persona humana por medios que no hacen referencia a Dios. Aunque en este campo se puede darcharlatanería, no se debe tener la brujería como simple fantasía, diversión, recurso formativo o manifestación cultural. La brujería, como se entiende en general, desarrolla la idea del poder que los seres humanos, especialmente las mujeres, pueden ejercer sobre las personas y las cosas, habiendo pactado o al menos pedido la intervención de los espíritus del mal.

Desde hace siglos, el pacto para adquirir capacidades preternaturales podía incluir la abjuración de Cristo y la entrega de la propia alma al demonio. Esto ha conducido en los siglos XV a XVIII a la triste historia de la persecución de brujas y magos. Esta realidad, aun teniendo en cuenta el contexto y la dificultad de un juicio histórico a posteriori y sabiendo también que algunos en nombre de la fe se opusieron a los excesos, es un capítulo que permanece mortificante para la cristiandad occidental. Por eso, debemos ser cautos aljuzgar la brujería siempre como un efecto directo del  demonio.

Sin embargo, tampoco se puede decir que estas prácticas se reducen únicamente a un fenómeno psíquico o cultural o a un acto pecaminoso de la persona. En ciertos casos no se puede excluir una acción o dependencia de Satanás, adversario de Dios y de su proyecto de salvación. Su ayuda se suele invocar, entre otros propósitos, para lograr la muerte de una persona que resulta incómoda, para despertar la pasión del amor en quien es objeto de deseo, para traer calamidad sobre enemigos. La invocación del maligno a veces usa la forma de una parodia de los oficios de la Iglesia.

En la Sagrada Escritura aparece claramente la reprobación de estas prácticas (Dt 18,11-12; Ex 22,18; Mt 24,24; Hech 8,9; 13,6; Gal 5,19-21; Ap 21,8; 22,15). El libro del Apocalipsis dice que, aunque el demonio será derrotado (20,10), usará hasta el fin de los tiempos todos sus poderes para engañar a los discípulos de Jesús y obstaculizar el proyecto salvífico de Dios (12,9). La historia de la humanidad, señala el Concilio Vaticano II, está atravesada por una lucha tremenda contra las potencias de las tinieblas y el hombre no puede dejar de combatir para situarse en el bien y conquistar su unidad (cf GS, 37).

Las prácticas de brujería son moralmente reprobables porque van contra la sabiduría, la bondad y la providencia de Dios; sólo él es el creador y señor de todas las cosas, a él solo pertenece el pasado, el presente y el futuro; únicamente a él es posible conocer hasta el fondo el significado de todos los acontecimientos. También son malas porque van contra la dignidad de la persona humana, que en un momento de fragilidad no asume la vida desde su propia libertad. Son igualmente condenables porque frecuentemente están orientadas por la intención de perjudicar a otros.

Ni siquiera la promesa de curaciones de enfermedades legitima la invocación de poderes malignos o la explotación y manipulación de personas sugestionables y crédulas (CEC 2117). Los graves daños de la brujería no se limitan a la esfera de la vida interior y de la fe. También vacía los bolsillos de los usuarios, después de haberles vaciado el corazón y de hacerlos esclavos de una superstición sin fundamento. Las brujas y los magos son bien hábiles para hacer fortuna aprovechando la necesidad de los que tienen algún sufrimiento o la credulidad de los que se dejan envolver en este tipo de experiencias.

Finalmente, destruye familias, relaciones y organizaciones sociales. Casos hay de personas que han abandonado la propia familia para estar al servicio del “maestro” que dispone de sus bienes, cuerpo y vida. Un brujo, con una fuerte personalidad, logra someter a los adeptos, induciéndolos a un estado de dependencia psicológica, muy semejante a la servidumbre. Por tanto, debemos estar listos a acompañar personas incautas que se dejan seducir, a desenmascarar trucos y relatos y, sobre todo, a enseñar la confianza en Dios en quien somos, nos movemos y existimos (cf Hech 17,28).

​​​​​​​+ Ricardo Tobón Restrepo

​​​​​                   Arzobispo de Medellín

El Semanario Arquidiocesano – Edición 953 – 20 al 26 de abril de 2026