La vida de Mariano Euse, que comienza en una zona rural de Yarumal, aparece toda ella como una opción y un esfuerzo permanente por vivir en Cristo, “el cual se hizo para nosotros sabiduría de Dios, justicia, santificación y redención” (1 Cor 1,30). Sin hacer nada extraño, logró lo más extraordinario que pueda realizar una persona humana: parecerse e identificarse con Jesús de Nazaret en la vida ordinaria de todos los días. 

Cada ser humano tiene posibilidad de muchas opciones. El no nos contó la búsqueda ni el proceso vital que siguió. Permanece para nosotros en el silencio la ilusión, la lucha, la pasión con las que el niño campesino, el estudiante pobre, el sacristán escondido, el seminarista y, finalmente, el sacerdote, optó y trabajó para configurarse con Cristo, después de haber recibido su vida en los sacramentos del Bautismo y del Orden. 

Lo cierto es que quienes lo conocieron se admiraron siempre de verlo como un discípulo humilde, sólido y fiel de Jesús, y dieron testimonio de que practicó heroicamente las virtudes cristianas teniendo como base de ellas la caridad. Todas las voces concuerdan en presentarlo como un sacerdote empapado de Dios y entregado generosamente por su pueblo en una luminosa paternidad espiritual.  

El P. Leonidas Lopera, que lo conoció desde antes de su ordenación, lo describe como: “El hombre manso y humilde; el sacerdote modelo, de vida `íntegra y pura; el que desde su juventud edificó con el candor infantil de su trato, con la sencillez de sus costumbres, con su celo amoroso y discreto, con esa piedad no fingida que lo caracterizaba, con aquella jovialidad y dulzura que a todos atraía, con aquella ternura y mansedumbre que a todos conquistaba. Desde que se ordenó sacerdote era ya tenido por hombre santo”. 

El propósito del P. Marianito de identificarse con Cristo hizo que apareciera en él, ante todo, la eximia humanidad de la persona que, a ejemplo de Jesús se realiza dándose a Dios y a los demás. Por eso, descollaba en bondad, sinceridad, amabilidad, solidaridad con el dolor y la alegría de otros, prudencia para tomar decisiones, perseverancia en el trabajo, capacidad para soportar la soledad y el cansancio, empeño en ser sal y luz del mundo (cf Mt 5,13-16). 

Más aún, se puede decir que asumió los rasgos que Jesús presentó de sí mismo en las Bienaventuranzas, por la sencillez y humildad de su vida, por su mansedumbre ejemplar, por la pureza de su corazón sacerdotal, por su pobreza de espíritu y de vida, por la fortaleza en las persecuciones sufridas, por ser un obrero de la reconciliación, por su intercesión que alcanzaba la salud de los enfermos y la paz de los abatidos (cf Mt 5,3-12). 

Era un hombre de profunda oración. Oraba con su comunidad y tenía también largos espacios ante el sagrario para unir su corazón al Señor. Condujo una vida de penitencia reflejada en su rostro adusto, aunque la mirada era limpia y dulce como la de un niño. Sabía que no bastaba la oración y la enseñanza para cambiar los corazones y volverlos a Dios, por eso ayunaba y se mortificaba completando en su carne la pasión de Cristo (cf Col 1,24).  

En su vida aparece la caridad especialmente cuando sufría por los pecadores y alejados, cuando salía por las calles y campos a consolar a los atribulados, cuando transmitía a través de su trato sencillo y bondadoso el amor de Dios. Practicaba la caridad con los pobres hasta despojarse de lo que le era necesario. En un tiempo de penuria, interrumpió la construcción del templo para dar el dinero a los necesitados. Le decían “el ángel tutelar de los pobres”, pues su solicitud con los “nobles de Cristo”, como los llamaba, no tenía límites.  

A la vez, el vivía en total pobreza; desprendido de todo y muchas veces sin lo indispensable para sus propias necesidades. En su última enfermedad, pidió a un feligrés que le condonara una modesta suma de dinero que le debía, pues no tenía con qué pagarle. Por otra parte, fue necesario conseguir ropa prestada en el vecindario para asistirlo. El mismo vivió y murió como un “noble de Cristo” 

Permaneció con gran fidelidad en su puesto hasta la muerte, siendo un testigo de Dios y un pastor eximio para su pueblo. Cuando llegó el final era un hombre limpio, pobre, en paz. Deshecho de todo lo que sobra. Había alcanzado lo esencial. Ya no dependía de lo que sugiere el tener, el poder o el placer. Era un hombre nuevo: se había configurado con Cristo. Por eso, a la hora de morir dijo: “Ya he vivido bastante; ahora mi deseo más grande es unirme a mi Jesús”. 

+ Ricardo Tobón Restrepo 

               Arzobispo de Medellín

El Semanario Arquidiocesano – Ed 966 – 21 de julio de 2026