A ejemplo del Buen Pastor, el Padre Marianito dio su vida con dedicación incondicional a los fieles que fueron puestos bajo su cuidado: anunció el amor de Dios con la catequesis y la predicación, logró que la liturgia produjera el mayor bien a la comunidad, atendió con caridad y asiduidad en el confesonario, auxilió a los enfermos aun en lugares distantes, infundió consuelo y esperanza en las familias, cuidó de los niños y los jóvenes, luchó por el progreso espiritual y material de su parroquia. 

Plagas, incendios, atropellos a los indefensos, situaciones adversas, todo lo enfrentaba con su oración. Tenía a Dios en su vida y transparentaba su sabiduría y su poder. El Padre Marianito al compenetrarse con Dios, permitía que la acción divina se manifestara a través de él en signos y favores: se reconstruían los matrimonios, los enfermos se curaban, se alejaban los peligros y, sobre todo, se multiplicaban las conversiones. Así iba edificando a sus fieles y consolidando una comunidad de fe en su parroquia.  

Son numerosos los relatos de curaciones y de signos con los que Dios respaldaba su enseñanza y su lucha decidida contra el mal, la mentira y los vicios. El pueblo, a la vez, lo rodeaba de veneración y afecto, identificándolo con un hombre que revelaba a Dios y hacía su obra. Todos se admiraban de cómo un sacerdote olvidado, en una aldea desconocida, transparentaba la gloria de Dios en la naturalidad de su servicio a los fieles y en su capacidad de arrancarle milagros al cielo.  

Para tener una idea exacta de su obra, es preciso ir a Angostura y conversar con sus habitantes, respirar el ambiente que todavía se vive en torno a él, percibir la fama de santidad que dejó, constatar que su espíritu está vivo y que su intercesión sigue asistiendo a quienes buscan su ayuda. Son incontables los favores que se le atribuyen y hasta las ofrendas que hoy se depositan en su tumba se vuelven pan, medicinas y auxilio para los pobres. Maravillas de una vida escondida que no buscó intereses personales ni publicidad. 

Este hombre que mientras vivía tuvo fama de santo, después de muerto la comunidad lo siente vivo y actuando en su favor y esta experiencia se va transmitiendo de una generación a otra. Los testimonios aseguran que él sigue comunicando paz y fortaleza, que como celoso anunciador del Evangelio continúa infundiendo fe y esperanza a los que se le acercan. Se puede concluir, como se dice de Abel, que “por la fe, aunque muerto, habla todavía” (Heb 11,4). 

El pueblo percibió que este sacerdote trascendía lo ordinario de la vida y pareciera que lo llevó a la leyenda. Cuando una vida refleja a Dios, la gente empieza a revestirla de luz y la historia ordinaria queda destellando un especial resplandor. En realidad, no se traiciona la verdad sino que vista esa vida en su profundidad, se percibe en ella la grandeza y la bondad de Dios. Se cumple, entonces, que a los que llamó los justificó y a los que justificó los glorificó (cf Rom. 8,30). 

Mariano Euse no es, por tanto, un personaje del pasado. Se incorporó a la Pascua de Jesús y al participar de su muerte está participando también de su resurrección (cf Rom 6,5). Cuando se entra en el amor que supera el tiempo y el espacio, desde la eternidad continúa la posibilidad de mantener una presencia y de seguir haciendo el bien. En un santo la vida terrena queda absorbida por el amor con el que se entregó a Dios y al prójimo y ese amor no pasa jamás (cf 1 Cor 13,8).  

Un santo es, sobre todo, una manifestación del poder creador, redentor y santificador de Dios, que en una persona humana realiza, como en síntesis, todo su plan de salvación y lo proyecta misteriosamente hacia los demás. Por eso, un santo supera siempre su tiempo y su lugar. Se vuelve paradigma de humanidad y, paradójicamente, mientras más lo esconde la humildad, más lejos se proyecta su luz 

La vida terrena, el reconocimiento de santidad que ha hecho la Iglesia y la permanente presencia espiritual de Mariano Euse nos prueban que el proyecto de Dios realizado en Cristo está realmente actuando entre nosotros, que el sacerdocio es una audacia de Dios para hacer presente a su Hijo en la fuerza de su Espíritu, y que podemos vivir en la certeza de que hemos sido elegidos para ser alabanza y transparencia de su gloria (cf Ef 1,12). 

+ Ricardo Tobón Restrepo 

               Arzobispo de Medellín 

El Semanario Arquidiocesano – Edición 968 – Del 3 al 9 de agosto de 2026