Tenemos actualmente la posibilidad de dar paso a una nueva etapa de la Iglesia en la que, con una seria propuesta de vida espiritual y una decidida acción misionera, se ofrezca la vida del Evangelio a muchas personas, se promueva el nacimiento de nuevas familias y se logre influir en la transformación de la cultura. Para esto, se necesita el trabajo de laicos santos, el testimonio de comunidades que reflejen el amor de Dios y recursos pastorales que llenen el vacío postbautismal de los que no han sido formados en la vida cristiana.
El “Mes Misionero” que nos disponemos a iniciar, más que la simple realización de algunas actividades pastorales está llamado a responder a este gran propósito. Debemos vivirlo, entonces, como una oportunidad de analizar la realidad de la Iglesia, de pensar el sentido profundo de nuestra misión, de evaluar y relanzar los procesos de evangelización que tenemos en marcha. Debemos asumirlo, sobre todo, como la ocasión de escuchar lo que Dios quiere que sea y haga la Iglesia en este momento del mundo y de la historia.
No podemos desconocer que la Iglesia, de una parte, avanza con la fuerza de Dios, cumple una misión indispensable para la humanidad, cuenta con una valiosa experiencia de servicio y se le abren cada día posibilidades de presencia y de actuación en el mundo. Sin embargo, vemos también que la barca de Pedro con frecuencia debe navegar contra el viento en un mar agitado, haciendo frente a oposiciones, a visiones contrapuestas, a persecuciones y aun a sus propias debilidades y miserias.
Ha caminado a lo largo de dos milenios defendiendo el depósito de la fe, luchando su unidad, respondiendo con valentía a la misión que recibió de llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra, sirviendo a la causa de la humanidad. Conscientes de estas posibilidades y de esta trayectoria, debemos emprender con mayor audacia la tarea de la evangelización que nos fue confiada. El Mes Misionero nos permite repensar y apropiarnos unas actitudes que en este sentido aparecen fundamentales.
1) Ser conscientes de la realidad. Saber que estamos en un tiempo de constante transformación, conocer los vientos a favor y los vientos contrarios, descubrir cada día lo que la persona humana y la sociedad necesitan, leer los signos de los tiempos; esto nos permite navegar aun en un mar proceloso en fidelidad a Cristo y a la misión que nos ha confiado. No es poco saber quiénes somos, dónde estamos y ser fieles y responsables frente a la elección y el envío que hemos recibido.
2) Ser fuertes en la fe y la esperanza. Estas son las virtudes que orientan la vida de la Iglesia y de cada fiel cristiano hacia el absoluto de Jesús que es el Reino de Dios. La fe y la esperanza que manifiesta el mundo y las que vive la Iglesia pueden unirse en la búsqueda de algunos fines superiores que encuentran su plena realización en el Evangelio: dar un verdadero sentido a la existencia, instaurar la justicia, promover la solidaridad especialmente con los más pobres, construir un mundo en paz.
3) Ser libres frente al mundo. La Iglesia llamada a cumplir una misión indispensable de salvación, navega en el océano de la humanidad y debe comprender y servir al mundo, pero al mismo tiempo debe estar libre de intereses temporales, que la puedan mantener vinculada a formas históricas particulares, para ser un fermento eficaz de vida, de doctrina, de valores humanos; más aún, para ofrecer una vida que trasciende el orden natural y abre caminos a “un reino que no es de este mundo”.
4) Ser dinámicos y creativos. No podemos pensar que contar con la gracia de Dios, pertenecer a la Iglesia que tiene una sólida organización y estar dentro de un camino que lleva siglos, nos autoriza a vivir en la tranquilidad de quien está dispensado de la búsqueda y del esfuerzo apostólico creativo y permanente. La vida cristiana no es estática; es una continua elaboración interior para crecer en la fe y la caridad y una continua actividad exterior para realizar siempre el bien.
5) Ser cooperadores de Dios. Esto implica saber acercarse a las personas, conocer sus necesidades y aspiraciones, tener el arte de atraerlas, el corazón capaz de amarlas, la sabiduría para convencerlas, la disponibilidad para adaptarse a sus necesidades y acompañarlas. Esta es la caridad pastoral que, por la fuerza de Dios, no por la habilidad humana o la benevolencia de las personas, tiene un inesperado éxito. La evangelización reclama, con urgencia, nuestra cooperación a la gracia con audacia y ardor apostólico.
+ Ricardo Tobón Restrepo
Arzobispo de Medellín
El Semanario Arquidiocesano – Edición 976 – 28 de septiembre al 4 de octubre