El curso de la historia, dentro una permanente búsqueda de mejorar la condición humana, va conduciendo a grandes transformaciones que implican nuevas formas de pensar, de actuar y de vivir. Es así como actualmente estamos enfrentando los desafíos que plantean, entre otros fenómenos, los grandes desarrollos tecnológicos, la recomposición política de los países, la ruptura de la transmisión intergeneracional, las pretensiones de la inteligencia artificial de superar la capacidad del hombre, la diversificación de producción de bienes y de prestación de servicios que modifica la economía mundial.
La sociedad actual influenciada por estos y otros hechos, de alguna forma, se ve marcada por la secularización, por la interacción digital y por una cultura que sitúa al individuo y su autonomía en el centro. En este contexto, se dificulta la transmisión de la fe especialmente en la familia; la vida cristiana corre el riesgo de quedar relegada al ámbito privado; la pertenencia a la Iglesia deja de formar parte de la experiencia cotidiana para muchos bautizados y la práctica religiosa se reduce a participar en algunas celebraciones que se asumen como actos sociales o eventos culturales sin implicación en la vida.
Pienso que quienes conducimos la acción pastoral en la Iglesia comprendemos bien la urgencia, en el momento presente, de dedicarnos con ardor y perseverancia a formar una nueva generación de discípulos de Cristo, a lograr poner en marcha verdaderos procesos de evangelización, a ofrecer propuestas válidas y atractivas de vida espiritual, a construir auténtica comunidad cristiana, a llevar a los laicos a que se comprometan decididamente en la misión, a utilizar convenientemente las nuevas tecnologías y posibilidades para presentar al mundo la riqueza incomparable del Evangelio.
En orden a esto hemos venido realizando el “Mes Misionero”, que ya estamos para culminar en este año. Este mes es para nosotros un tiempo de especial actuación del Espíritu de Dios en nuestras parroquias e instituciones, que nos ayuda a darle una transformación misionera a nuestra acción pastoral. Es decir, es la ocasión de revisar lo que somos y lo que hacemos, de reconfigurar los procesos de formación de discípulos en las diversas vertientes pastorales, de lograr una renovación profunda de nuestras comunidades parroquiales, de replantear y relanzar lo que constituye la vida y misión de la Iglesia.
En concreto, nos lleva a reforzar el propósito de presentar la centralidad de Cristo y de su proyecto. Nos hace ver la necesidad de volver constantemente al primer anuncio, pues no podemos suponer que todos los que vienen a nuestras parroquias o instituciones ya son cristianos. Es necesario poner a Cristo en el centro de la existencia y ayudar a cada persona a vivir una relación personal con él. No podemos reducir la pastoral a mera información religiosa, a ritos exteriores o a formulación de principios morales. Esto vale muy poco sin una experiencia de fe, sin un encuentro personal con Cristo.
Este formidable servicio de llevar a una relación personal con Cristo exige conectar con las experiencias y preguntas de las personas de hoy; pide acercarnos y escuchar las inquietudes, los sufrimientos y las esperanzas de quienes reciben el mensaje cristiano. También es imprescindible ofrecer un verdadero testimonio; la fe no se transmite solo con palabras, sino especialmente a través de la vida de quienes han descubierto a Cristo y viven su Evangelio. Igualmente, es importante pensar que la catequesis no es únicamente para los niños; hoy y siempre los primeros catequizados deben ser los adultos.
En la transmisión de la fe y la implantación de la vida cristiana, junto con el anuncio de la Palabra, tiene un papel fundamental la experiencia de comunidad y la fuerza de la liturgia. Esto nos muestra todo lo que tenemos para ofrecer y cómo responde a lo que hoy necesitan tantas personas. Por eso, no nos podemos instalar en la zona de confort de lo que ya tenemos y hacemos. Invito a cada párroco con su consejo pastoral, a cada responsable de una institución con su equipo, a cada bautizado a ir más lejos en el seguimiento y anuncio de Cristo.
El Mes Misionero no termina sino que desemboca en un discernimiento de lo que Dios quiere hoy para nuestra Arquidiócesis, en parroquias con un propósito permanente de conversión pastoral, en una comunidad fraterna que pueda acoger a los alejados, en una propuesta misionera de futuro frente a ciertos sectores de la cultura que buscan erradicar el cristianismo de la sociedad, en laicos bien formados para impulsar actuaciones pastorales creativas y audaces que hagan posible el mundo nuevo que quiere Dios.
+ Ricardo Tobón Restrepo
Arzobispo de Medellín
El Semanario Arqui