La vida del llamado «Padre Marianito», que va de 1845 a 1926, en su recorrido esencial, es bien conocida de todos. Mariano Euse aparece como un hombre sencillo y profundo, como un fiel discípulo de Jesús que asume en grado heroico el Evangelio, como un sacerdote entregado con generosidad por su pueblo, como un testigo del mundo nuevo, como alguien a quien vale la pena conocer y seguir sus huellas.
Nacido en una familia profundamente cristiana y en un ambiente campestre, tuvo una personalidad equilibrada, una formación en la austeridad y una primera educación escolar recibida en su propia casa. Así aprendió las lecciones fundamentales de la vida: a orar con fe, a respetar y servir a los demás, a trabajar con responsabilidad, a asumir su puesto en el mundo con un sentido trascendente de la existencia.
Cuando un día escuchó la llamada de Dios a estar más plenamente unido a Él y a entregar la vida por los demás siendo sacerdote, acogió esa vocación primero en el silencio de su corazón y luego en el itinerario formativo que encontró en una parroquia al lado de su tío y después en el Seminario. Todos los testimonios que se tienen concuerdan en ponderar la rectitud, la fidelidad y el amor con los que asumió su vocación hasta la muerte.
Él no nos dejó nada escrito acerca de su decisión y su proceso de seguir a Cristo y de perder la vida para entregarla a los demás. Nos quedamos sin saber qué secretos tendría con Dios y qué alianzas haría con Él. Todo se quedó en lo escondido del que cierra la puerta y habla a solas con el que ve el corazón (Mt 6,6). No supimos nada de sus batallas, libradas día tras día, para ser casto, obediente, pobre, humilde y caritativo.
Sólo, mirando el conjunto de su vida y de su misión, se nos permite ver el milagro de la gracia obrando en su libertad y en su generosidad. Desde esta entrega total de su ser se unificó interiormente y se hizo fuerte frente a las dificultades del medio que lo rodeó, las incomprensiones de algunas personas, la persecución religiosa, las propias debilidades y las astucias oscuras del mal.
En alguna carta escribió que tuvo un sufrimiento muy grande. Su biógrafo, el P. Ignacio Yepes, asegura que por más que indagó no logró saber a qué se refería. El dolor verdadero siempre es secreto; se esconde en el misterio de una transformación interior que lleva a desaparecer y a entregarse. Así se unió más a Aquel que, hijo y todo como era, aprendió sufriendo a obedecer (Heb 5,8).
Lo cierto es que no rechazó ni huyó del dolor redentor; sabiendo que hacía parte del celo por las almas lo incorporó a la ofrenda en el amor más grande, el que da la vida (Jn 15,13).
Para ganar esa lucha espiritual se apoyó en la oración que ancla el alma en Dios, en la penitencia con la que se conquista uno a sí mismo y en la caridad que da luz y esperanza al proyectarse el sufrimiento en la salvación de los demás.
No se sentía solo, porque estaba siempre en comunión plena con la familia de Jesús que encontraba en su diócesis y en su parroquia. Se sentía fuerte porque después de avizorar a Dios la lucha se entendía desde una fascinación, a la vez, luminosa, dolorosa y gloriosa. Todo quedaba referido a Dios: los acontecimientos de cada día, la lectura que podía hacer de la propia vida, el fin último de contribuir al gran proyecto de salvar la humanidad.
Es arduo ser persona humana. Conducir esta veleidad insufrible que nos mueve desde la búsqueda de un ideal inefable hasta el grosero contentamiento con las pasiones de la carne. Es difícil mantener el espíritu en estado de entusiasmo, es decir, de búsqueda incansable de Dios; pero ahí está la belleza de la libertad asumida, ahí está el secreto de una vida plena. Es la maravilla de una vida entregada, escondida con Cristo en Dios (Col 3,4).
Mariano Euse no se dejó absorber por la frivolidad de la vida, por la monotonía de una aldea sufrida cuarenta años; no se entretuvo en la mediocridad de un ambiente de superficialidad, ni buscó su realización en la danza de los puestos y los cargos. Se concentró en lo esencial: seguir a Cristo. A ello se dedicó sin alardes ni testigos, sin perder nunca el ideal y la esperanza. Así a pie, toda su vida, peregrinó hacia Dios.
+ Ricardo Tobón Restrepo
Arzobispo de Medellín
El Semanario Arquidiocesano – Edición del 6 al 12 de julio de 2026