Esta semana, dos importantes instituciones educativas de la Arquidiócesis de Medellín llegan a los noventa años de vida y de servicio. Se trata de la Pontificia Universidad Bolivariana y de la Escuela Normal Superior Antioqueña fundadas, el 15 de septiembre de 1936, por el Arzobispo de entonces, Mons. Tiberio Salazar Herrera. A lo largo de estas nueve décadas, han acompañado la formación humana y cristiana de varias generaciones y su meritorio desempeño nos invita a reflexionar hoy sobre la posibilidad y la importancia de la educación católica.
Conviene, en efecto, reconocer el gran esfuerzo y el innegable aporte de la Iglesia en el campo de la educación, no obstante los grandes desafíos que plantea la formación de las nuevas generaciones, las situaciones que presenta el mundo actual y los obstáculos que en esta misión se encuentran frecuentemente. Para un análisis sobre la validez de la educación católica y la forma de realizarla en este momento, nos llegan oportunos algunos planteamientos que hace el papa León XIV en su Carta Apostólica “Diseñar nuevos mapas de esperanza”, publicada el 27 de octubre de 2025.
El Papa parte de un diagnóstico preciso: el mundo atraviesa una crisis educativa profunda. La transformación tecnológica, los conflictos globales, la desorientación cultural y moral, la fragilidad de los vínculos y la erosión del sentido hacen que educar hoy sea más difícil, pero también más urgente. Ante esta realidad, no sirve lamentarnos sino diseñar nuevos mapas de esperanza, porque los que guiaron durante siglos la transmisión de la cultura, de la fe y de la sabiduría, ya no responden plenamente en nuestro tiempo y, sin embargo, la Iglesia debe mantener la educación como una misión irrenunciable.
Para León XIV educar no es un acto técnico ni una estrategia pedagógica, sino “un acto de fe y de amor”. Educar es creer que el ser humano puede crecer, transformarse, abrirse a la verdad, al bien y a la belleza. Educar es, por tanto, una forma de evangelizar y el Evangelio no envejece; al contrario, hace nuevas todas las cosas, incluyendo la educación. La educación católica ha sido siempre la historia del Espíritu en acción, una sucesión de respuestas creativas a las necesidades de cada época. Por eso, el desafío actual no consiste en mantener estructuras, sino en mantener vivo el carisma educativo.
Destacando la centralidad de la persona, subraya que la educación no es sólo transmisión de contenidos, sino aprendizaje de virtudes. Se forman ciudadanos capaces de servir y creyentes capaces de dar testimonio. Entonces señala: “La escuela católica es un entorno en el que se entrelazan la fe, la cultura y la vida. No es simplemente una institución, sino un entorno vivo en el que la visión cristiana impregna todas las disciplinas y todas las interacciones. Los educadores están llamados a asumir una responsabilidad que va más allá del contrato de trabajo: su testimonio vale tanto como sus lecciones”.
El Papa propone un cambio de paradigma. Habla de una pedagogía de la esperanza, que implica aprender a mirar la realidad con ojos de fe, pero también con rigor, creatividad y compromiso. Esta pedagogía se estructura en estos ejes fundamentales: 1) Educar para la vida plena, no sólo para el éxito, para competir o para consumir; la educación cristiana debe preparar para servir, amar y dar sentido. 2) Educar en la fraternidad y el diálogo, superando divisiones y polarizaciones; la educación debe ser un taller de convivencia donde se aprende a valorar y respetar el otro. 3) Educar para la paz, formando conciencias sensibles a la justicia social, a la solidaridad y al cuidado de la creación. 4) Educar en la interioridad, porque no hay sabiduría sin silencio, ni libertad sin discernimiento, ni vida plena sin Dios.
Estas enseñanzas del Papa nos muestran que la educación católica no es un museo del pasado. Educar es un acto profundamente humano que nos permite colaborar con el Creador. Por eso, nos alegramos con la UPB y la Normal y creemos que también hoy todas nuestras instituciones educativas pueden ser un faro, un laboratorio de discernimiento, innovación pedagógica y testimonio profético. Nos toca mantener vivo el carisma educativo adaptándolo a los nuevos tiempos, sin perder su alma. Es preciso construir una pedagogía de la esperanza, una esperanza que se diseña con la mente y el corazón, porque sin esperanza no hay educación.
+ Ricardo Tobón Restrepo
Arzobispo de Medellín