Desde el año 2011, hemos venido renovando en nuestra Arquidiócesis el propósito de estar en “misión permanente”, es decir, en procesos sistemáticos y progresivos de evangelización, que mantengan viva la fe y la caridad en nuestras parroquias y atraigan a los que se han alejados de la Iglesia. Con este fin, cada año, a partir de 2019, hemos hecho del mes de octubre un período particular de animación de los programas pastorales, de consolidación de los itinerarios de iniciación cristiana y de fortalecimiento del proyecto de pequeñas comunidades.
Este Mes Misionero, que ahora llega a su octava versión, lo hemos vivido como una gracia de Dios que se acoge con alegría en todas las parroquias, que le da una transformación a la vida pastoral ordinaria y que moviliza un gran número de laicos para el anuncio del Evangelio. Como bien sabemos, el Mes Misionero no es una actividad aislada, sino la oportunidad de impulsar la vida y la acción pastoral que se viene adelantando desde el inicio del año, de reforzar los objetivos que se quieren alcanzar y de realizar un decidido esfuerzo por llegar a las personas que no vienen a la Iglesia.
Cada año, proponemos un énfasis especial que nos permite vigorizar alguna de las vertientes o dinámicas de la pastoral. Esta vez, después de varias consultas, se ha visto que resulta importante, bajo el lema “Padre, que todos sean uno”, impulsar la unidad y la fraternidad en la vida de la Arquidiócesis, de las parroquias, de las pequeñas comunidades, de las familias y de toda la sociedad. Esto nos ayudará a mostrar la verdad del Evangelio, nos hará más fuertes frente a las dificultades que debemos afrontar y nos hará más eficaces en la misión sin el agotamiento que producen las divisiones y el egoísmo.
Precisamente, en la intención de oración que el papa León XIV ha confiado a toda la Iglesia en este mes de agosto invita a pedir que “en las grandes ciudades, a menudo marcadas por el anonimato y la soledad, encontremos nuevas formas de anunciar el Evangelio, descubriendo caminos creativos para construir comunidad”. Y en otro de sus discursos afirma que es preciso percibir cómo la vida urbana es un terreno necesitado y fecundo para compartir con respeto y humildad el tesoro que nos hace vivir en comunidad y sostiene nuestra esperanza (12.6.26).
En efecto, el crecimiento de las ciudades ha generado un alto nivel de concentración de personas, creando desafíos de carácter social y comunitario: barrios, urbanizaciones, zonas comerciales y periferias donde tantos hombres y mujeres pasan sus días en un ambiente anónimo y solitario. Esta soledad urbana se manifiesta en relaciones superficiales, falta de apoyo emocional en momentos difíciles, carencia de espacios en los que sea posible un encuentro humano. También esta situación, aunque a veces haga difícil nuestra labor, motiva hoy una evangelización casa por casa y a nivel personal.
Tengamos presentes todos los beneficios que nos ha traído el Mes Misionero y asumamos, una vez más, con decisión y esperanza su realización. De hecho, esta iniciativa ha fortalecido las parroquias, ha permitido a los Consejos Parroquiales proyectarse creativamente, ha impulsado los programas de las Delegaciones de Pastoral, ha favorecido la comunión interparroquial, ha dado amplio espacio al apostolado de los laicos, ha facilitado llegar a las unidades residenciales, ha involucrado a muchos jóvenes en la vida de la Iglesia y ha permitido iluminar y consolar a tantas personas con el anuncio del Evangelio.
El Espíritu Santo que transformó a los apóstoles en testigos valientes de la vida nueva del Evangelio, es el mismo Espíritu que nos llama hoy a buscar y a encontrar los medios para hacer más eficaz el proyecto de Dios, sin el cual la existencia personal y la organización social carecen del sentido, de la motivación y de las metas válidas para emprender cada día el camino de la vida. Dispongámonos a emprender también este año el Mes Misionero, pues la misión que tenemos y la realidad que vivimos nos exigen pensar nuevas formas para la transmisión de la fe en la catequesis parroquial y en los diversos ambientes sociales y culturales.
+ Ricardo Tobón Restrepo
Arzobispo de Medellín
El Semanario Arquidiocesano – Edición 171 – 24 de agosto 2026