Como Arquidiócesis de Medellín vivimos el pasado domingo 23 de agosto la consagración de Olga Lucía Alzate, Margarita María Cano y Luz Yolanda Castaño al Orden de las Vírgenes. La Eucaristía, celebrada en la Catedral Metropolitana de Medellín y presidida por monseñor Ricardo Tobón Restrepo, reunió a la familia arquidiocesana para acompañar a estas tres mujeres en su entrega total a Cristo.
Durante su homilía, Mons. Ricardo invitó a profundizar en la pregunta que Jesús plantea a sus discípulos: «¿Quién soy yo?». Explicó que la respuesta no puede quedarse en conceptos aprendidos, sino que debe comprometer la existencia: «La respuesta a quién es Cristo no se da con palabras, se da con la vida» y añadió que esto implica aprender a caminar tras sus pasos, mirar el mundo con sus ojos y vivir con su corazón.
Al referirse directamente a las nuevas consagradas destacó que su vocación nació de un camino de fe vivido desde el Bautismo, la familia y la vida parroquial, hasta descubrir una llamada especial a entregar toda su vida a Dios. «Han encontrado en el Orden de las Vírgenes la realización total de su vida y su vocación», afirmó. Este acontecimiento es un verdadero signo de la acción de Dios y de las diversas maneras en que Él continúa llamando a hombres y mujeres a seguirlo y a servir a su Iglesia.
EL ANTIGUO ORDEN DE LAS VÍRGENES
Mucho antes de que surgiera la vida consagrada en comunidades religiosas, tal como la conocemos hoy, la Iglesia conoció una forma de entrega total a Cristo: el Orden de las Vírgenes. Desde los primeros siglos del cristianismo, algunas mujeres, movidas por el deseo de seguir al Señor más de cerca, sin dejar sus responsabilidades y labores, renunciaban al matrimonio y consagraban su vida a la oración, la caridad y el servicio de la Iglesia. Ya los Hechos de los Apóstoles hacen referencia a las hijas de Felipe, que eran vírgenes y tenían el don de profecía (cf. Hch 21, 9).
Esta forma de consagración tuvo gran importancia y auge durante los primeros siglos, pero fue perdiendo presencia desde aproximadamente el siglo XII, con el surgimiento y expansión de las comunidades y congregaciones religiosas femeninas, hasta casi desaparecer. En el siglo XX, la Iglesia recuperó esta antigua vocación: el papa san Pablo VI promovió la restauración del Orden de las Vírgenes, que desde entonces ha experimentado un renovado crecimiento en distintas partes del mundo.
A diferencia de las religiosas que pertenecen a una comunidad y viven según un carisma particular, la virgen consagrada permanece inserta en las realidades ordinarias de la sociedad. Puede vivir con su familia o de manera independiente, ejercer su profesión u oficio y procurar su propio sustento. No profesa propiamente el voto de pobreza y recibe del obispo de su diócesis la orientación y acompañamiento propios de su consagración. Desde su propia vida y capacidades, ofrece su servicio a Cristo y a la Iglesia.
Su vocación puede comprenderse desde tres dimensiones fundamentales: diocesana, porque está vinculada de manera particular a la Iglesia local y a su obispo; esponsal, porque se entrega a Cristo como a su Esposo, en una relación de amor y fidelidad; y secular, porque vive en medio del mundo, en su familia, trabajo, profesión y relaciones cotidianas, sin un hábito que la distinga. De este modo, la virgen consagrada está llamada a ser un signo de la entrega total a Cristo y un testimonio vivo del Evangelio, haciendo presente la santidad de la Iglesia en medio de las realidades ordinarias de la vida.
En nuestra Arquidiócesis tenemos la gracia de contar con la presencia del Orden de las Vírgenes desde el 20 de noviembre de 1992, cuando fue instaurado por el entonces arzobispo Héctor Rueda Hernández, quien también realizó las primeras consagraciones. Desde entonces, esta vocación ha ido creciendo y renovándose entre nosotros. En los últimos años, monseñor Ricardo Tobón Restrepo ha acompañado este camino y, en noviembre de 2023, incorporó mediante el rito de consagración a una nueva virgen. Hoy damos gracias a Dios por tres nuevas vocaciones que ha suscitado entre nosotros y las encomendamos con alegría a su gracia, acompañándolas con nuestra oración.








